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16
septiembre
2016

HISTORIA Y CULTURA

Los telégrafos ópticos de Naharros y Torrejoncillo del Rey formaron parte del primer macroproyecto nacional de telecomunicaciones

Ambas localidades conservan restos de los edificios aunque abandonados y en peligro de derrumbe, según David Fernández, un vecino que se ha documentado sobre el tema para proponer su rehabilitación

La provincia de Cuenca —dentro del tramo Madrid-Valencia inaugurado en 1848— fue la que contó con más torres (20) y hoy es la que más mantiene pues solo 4 han desaparecido, como la de Carrascosa del Campo

Telégrafo Naharros

Restos de la torre del telégrafo óptico de Naharros, aunque pertenece al término de Horcajada de la Torre. Foto: David Fernández.

Mónica Raspal Jorquera

Aunque actualmente no concibamos la vida sin las aplicaciones móviles que nos permiten comunicarnos al instante con una o varias personas a la vez, en la primera mitad siglo XIX, con la implantación del telégrafo óptico, un instrumento para transmitir información visualmente a largas distancias en un tiempo muy inferior al que necesitaba un mensajero a caballo, se dieron los primeros pasos de las telecomunicaciones en España.

Configurando diversas señales con un mecanismo operado por una o varias personas y colocando varias torres en cadena para que cada una repitiese el mensaje de la anterior, la red proyectada por el brigadier de caballería e ingeniero y coronel del Estado Mayor, José María Mathé Aragua, fue el "primer macroproyecto nacional" que se puso en marcha. De esta "ambiciosa infraestructura de gran valor técnico y estratégico", solo se conservan algunos edificios, el mayor número (16) en Cuenca en un estado “aceptable” y dos de ellos en la comarca Alcarria: en Torrejoncillo del Rey y su pedanía Naharros —aunque éste pertence al término de Horcajada de la Torre—. Del primero apenas quedan restos de dos paredes pero el segundo —que estuvo operativo hasta 1856— mantiene en buen estado la parte delantera, así como restos de madera de las ventanas y de la escarela de caracol interior, aunque otras zonas presentan grietas y peligro de derrumbe y dentro está creciendo una higuera.

Telégrafo Torrejoncillo

Montaje de cómo quedaría el telégrafo de Naharros si se reconstruyera. Autor: David Fernández.

Así lo explicó David Fernández durante la conferencia sobre la historia de los telégrafos ópticos del municipio que impartió el pasado 13 de agosto durante las fiestas de Naharros. Descendiente de una familia de este pueblo y veraneante habitual, comenzó a interesarse por la historia de aquel edificio abandonado tras haber oído hablar del telégrafo durante toda su vida. Así, comenzó a buscar documentación y a contactar con arquéologos, ingenieros e investigadores como el conquense Jesús López Requena, que cuenta con un estudio publicado sobre el tema.

Fernández señaló que Cuenca también fue la provincia que contó con el mayor número de torres —20, de las que 4 han desaparecido, como la de Carrascosa del Campo— de una Red Nacional de Telegrafía Óptica que empezó a funcionar el 2 de octubre de 1846 —el mes que viene se cumplirán 170 años de su puesta en marcha— con la intención de unir Madrid con todas las capitales de provincia como instrumento para mantener el orden en una etapa especialmente convulsa de la historia de España (Gobiernos inestables, guerras carlistas, alzamientos sociales, bandolerismo, inseguridad). Sin embargo, su vida fue efímera pues estaba proyectada con fecha de caducidad dado que la telegrafía eléctrica comenzaba a despuntar en el resto de Europa y finalmente el proyecto quedó inacabado construyéndose solo tres líneas con varios ramales que partían de Madrid: la de Castilla en 1846, con el trayecto Madrid-Irún con 52 torres; la de Cataluña en 1848, con el trayecto Madrid-La Junquera, que nunca llegó a funcionar salvo el tramo a Valencia con 30 torres (20 en Cuenca); y la de Andalucía en 1850 hasta Cádiz con 59 torres.

Sello Mathé

Con motivo del 150 aniversario de la red, Correos hizo un sello conmemorativo dedicado a Mathé.

Tal y como apuntó este vecino de Naharros, aunque se trataba de una obra civil al servicio del Gobierno, su estructura, diseño y dotación era militar y austero dada la situación económica e inestable de la época. Por ello, las torres tenían un aspecto aspecto fortificado, en algunos casos con muro o foso alrededor y siempre con puerta elevada a la que accedían por una escalera que se quitaba y guardaba por la noche en el interior. Eran edificios de planta cuadrada, con paredes gruesas levantadas con materiales de la zona, una altura de más de 15 metros y entre uno y tres pisos unidos por una escalera de caracol y con el telégrafo en la azotea.

Se situaron cerca de carreteras para facilitar el avituallamiento y la comunicación, en lugares elevados (recortados sobre el cielo), alineados y separados unas dos o tres leguas (entre 12 y 17 kilómetros) para ver al telégrafo de retaguardia (del que recibían los mensajes) y al de vanguardia (al que los enviaban). No todos contaron con catalejos ya que era un producto de alta de tecnología y un lujo que solo incluían si era necesario. En la misma línea, el mobiliario era muy escueto, únicamente basado en la operatividad de la torre, no en el confort de la dotación humana.

Telégrafo

Animación del funcionamiento del telégrafo realizada por el Ayuntamiento de Arganda del Rey (Madrid).

Así, David Fernández incidió en las "pésimas condiciones" en las que desarrollaban su tarea los trabajadores, militares de la escala más baja, habitualmente dos torreros que se encargan del manejo del telégrafo y un ordenanza que, cuando había dificultades para enviar un mensaje, tenía que recorrer a pie y bajo las inclemencias meteorológicas la distancia hasta la siguiente torre, en ocasiones subiendo y bajando cerros. Y si había solo un torrero, tenía que llevar la escalera hasta el pueblo más cercano para pasar la noche.

Realizaban turnos de 24 horas —de 12 a 12— sometidos a una "estricta disciplina militar" y bajo la vigilancia de un oficial de sección que pasaba por las torres examinando los libros de registro y el funcionamiento del telégrafo, mientras que los comandantes les enviaban periódicamente telegramas de vigilancia para que estuviesen alerta. Tenían que pagarse el uniforme, encargarse del mantenimiento de la torre —limpieza del armamento, engrasado de la máquinaria, revisión de los relojes y anteojo, etc— y cada minuto que se retrasaban en el envío de un mensaje era descontado de su sueldo. Incluso, dadas las pésimas condiciones en que desarrollaban su trabajo, hubo más de 30 muertos, algunos de frío.

Telégrafo Montornés

Telégrafo de una planta restaurado en Montornés del Vallés (Barcelona).

En cuanto al telégrafo en sí, aunque no se ha conservado ninguno original —cuando se desmantelaron las torres se reciclaron todos los materiales—, Fernández mostró ilustraciones que han permitido conocer su funcionamiento: constaba de una serie de fajas y números cuya combinación daba lugar a los códigos recogidos en el ‘Diccionario Fraseológico’ oficial, que llegó a tener 10.000 entradas pues iban añadiendo y cambiando ante nuevas situaciones. Los mensajes no se enviaban a la vez sino signo a signo por seguridad y para que llegaran a más velocidad de torre a torre. Estos constaban de una parte que se denominaba preámbulo (datos técnicos como la hora, el día y mes, nº registro, etc), la única que los torreros eran capaces de descifrar y cifrar pues nunca tenían nunca acceso al contenido del mensaje, solo los comandantes de línea y ayudantes (facultativos). Todos se apuntaban en el cuaderno de volante, un libro de registro que estaba en cada telégrafo.

Telégrafo Arganda

Línea de Cuenca con los telégrafos de Naharros y Torrejoncillo en primer plano.

Sin embargo, en 1851 se reunieron las condiciones para que comenzara a operar la primera red de telegrafía eléctrica —más rápida, con menos fallos y funcionamiento nocturno— compaginándose al principio con la óptica hasta que en diciembre de 1857 se cerró la última torre en San Fernando de Cádiz. Estas se desmontaron y se quedaron vacías, “condenadas al olvido, al paso del tiempo y la ruina”, aunque, tal y como expuso este vecino de Naharros, ese no ha sido el destino final de todas ellas pues algunas han sido rehabilitadas como la de Adanero (Ávila), la de Moralzarzal (Madrid), la de Montornés del Vallés (Barcelona) o la de Arganda del Rey (Madrid), esta última con un “valor museístico importante” como máximo exponente de restauración, ya que reproduce el mobiliario original y el mecanismo de un telégrafo plenamente operativo y abierto para las visitas del público, incluso con representaciones teatrales que cuentan su historia para atraer visitantes.

Telégrafo Arganda

El telégrafo óptico de Arganda organiza visitas guiadas y teatralizadas todos los meses con mucha asistencia.

Con el mismo objetivo, el trabajo expuesto por David Fernández va a acompañado de una propuesta de rehabilitación o, si no es posible, al menos de consolidación de los restos de las torres para frenar su deterioro. Según ha explicado a esta redacción, así se lo ha planteado al Ayuntamiento de Torrejoncillo —a la anterior y nueva Corporación—, no para que lo financie sino para que respalde el proyecto ante otras administraciones a la hora de solicitar subvenciones culturales o su inclusión en planes de empleo. Tras la conferencia, asegura haber despertado el interés de mucha gente y haber recabado apoyos para continuar con esta iniciativa que quiere poner en valor un patrimonio que relata un episodio muy relevante de la historia de España.

Puedes ver la conferencia completa en www.telenaharros.blogspot.com.es.

La torre de Telegrafía Óptica de Arganda del Rey (Madrid) es la primera de España totalmente rehabilitada.

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